martes, 22 de noviembre de 2011

El abuelo





El sol acariciaba con dulzura el dorado y arrugado rostro de Luis, era una tarde de otoño extrañamente calida para la fecha, Luis miraba distraídamente las fuentes del parque que parecían gritar a los sentidos asomando las gotas de agua entre las  luces de una tarde que camina al ocaso entre rumores y ecos de silencios. Entre las viejas tejas del viejo pabellón, los gorriones aman con brevedad  y rezan porque los milanos sigan mirando los azules cielos mientras el cortejo conquista aleros.

También  los amantes caminan por las sendas a veces perdidas otras  buscadas entre las pasiones desnudas y siempre  esperan el éxtasis más prodigioso. Cuantos risueños besos robados que frágiles carabelas en un mar arbolado por la incomprensión, vehemente frenesí de enamorados. Y los niños, a Luis le gustaban los niños, los reyes que  juegan ajenos al voraz mundo ceñidos por severos cipreses entre aromas de gallardas rosas. Conquistadores de alegrías, domeñadores de ilusiones  como capitanes de navíos descubriendo los océanos.

Y los ancianos, Luis no se consideraba un anciano, en su mente calificaba a cada uno de los que pausadamente cruzaban el parque, yo soy mas joven, ellos están peor que yo, pensaba Luis,  los ancianos , conciencia de un mundo que a veces no vislumbran fundidos en los recuerdos. Melancolía por el presente, añoranza por el pasado,  lagrimas por la amada, llantos de amapola solitaria   y todo en esa pausada y bella tarde de estío aromatizada por jazmines, azucenas, rosas, hierbabuena y rodeado de olivos, el parque le  alegraba, no sabría describirlo pero tenia un sensación especial.


 Hacia ya casi una hora que el anciano miraba ávidamente el  reloj, la dictadura del tiempo, que desesperante era la espera, estaba nervioso, era la primera vez que Martina le permitía pasar la tarde con Sara, Sara...., como disfrutaba Luis solo con pensar en el nombre de la pequeña, nunca había llegado a  perdonar  al calzonazos de su hijo por hacer caso a Martina y no haber puesto a su nieta el nombre de Rosaura, como su abuela, como echaba de menos a Rosaura, esa si que era una mujer de verdad y no su nuera, que no le permitía acercarse a la pequeña tanto como quisiera, pero bueno pensaba Luis,  por lo menos esta tarde estaré un rato con ella, quería ver los ojos de la niña cuando le entregase la pequeña marioneta que compró en el mercadillo de antigüedades, esa visión le hacia olvidar viejas rencillas familiares.

-         Le gustará, seguro, pensaba Luis, todos los niños gustaban de ver las marionetas, aun recordaba cuando al pueblo, cada verano, llegaban los tirititeros, a su memoria volvía una y otra vez, la risa, risas de niños sorprendidos, cuando el lobo o el malvado de turno recibía los golpes al final de teatrillo.

Mecánicamente, miró el reloj, nunca le había caído bien Martina, ya en la organización de la boda Cristóbal les anunció que no invitarían a los primos amén de que la boda era especial y todos deberían de ir de rigurosa etiqueta.

-         Valiente señoritinga, le repetía a Rosaura, que en aquellos ajetreados días ,  resignada miraba los escaparates, buscando no sabia muy bien que, para no quedar mal a ojos de su nuera, esto ponía de mal humor a Luis que no entendía porque su hijo no ponía coto a la caprichosa de su futura mujer.

Luis había vivido siempre en el pueblo, la mina, esclavo de la mina,  trabajó duro, había sido padre de tres hijos teniendo la desgracia de haber enterrado a dos de ellos, como recordaba a Luisito, el mas pequeño que se lo llevó la polio, aquella malvada enfermedad que torturaba cuerpo y mente antes de matar y Enrique el mayor, que terrible cuando Rosaura recibió la noticia del accidente de boca del capellán de la mina, a partir de ese momento, ya nunca fue la misma, aunque era como pedernal, en sus ojos se asomaban los recuerdos cuando frente a la lumbre quedaba como hipnotizada , de sus ojos brotaban las lagrimas, Luis siempre lo supo, Rosaura nunca superó las muertes  y poco a poco la vida se le escapaba entre tristeza y dolor disimulado, hasta aquella noche que en silencio cruzó el Aqueronte, Luis, en vida,  nunca recriminó a su esposa nada, pero aquella noche en silenció maldijo a todos los dioses del firmamento y por primera y ultima vez la  recriminó.

-         El trato, no has cumplido el trato,........ Yo iba primero, resonó en el silencio de la habitación vacía.


Las palomas revoloteaban perseguidas por dos pequeños que reían y gritaban de jubilo , con la mirada perdida, mirando a los chicos pero sin realmente verlos,  Luis, sentado en el banco recordó aquella primera tarde que pasó con Sara y aunque solo fuera porque Martina y su hijo no tenían con quien dejarla en su visita semanal al consejero matrimonial, a Luis  no solo no le importaba sino que en cierta forma le alegraba, aunque nunca llegó a entender como el idiota de su hijo consentía en contar interioridades de su matrimonio a otra persona y además pagando un dineral, culpaba a su nuera de tantas modernidades.

Luis observaba en las breves visitas que hizo a casa de  su hijo como su nuera no le dejaba nunca a solas con Sara, la pequeña se alegraba  cuando Luis le alcanzaba los pequeños juguetes a aquella pequeña prisión como le llamaba  al pequeño parque donde Sara estaba recluida cada día, Luis se moría de ganas de coger en brazos a la niña, pero su nuera ya le dijo que tenerla en brazos era contraproducente para su evolución psicológica.

- Cuantas estupideces, mascullaba entre dientes Luis,  Rosaura siempre tenia en brazos a sus hijos y se criaron sanos y fuertes y aunque el anciano nunca tuvo mucho tiempo para coger en brazos a sus hijos ahora le molestaba que le prohibiesen coger a la niña. Cristóbal era un buen hijo pero cuando estaba Martina delante, era como si se diluyese como  una galaxia  absorbida por un  agujero negro como disgustaba a Luis el ver a su hijo callar permanentemente ante las exigencias de su mujer.

Aun recordaba cuando a la semana exacta de jubilarse, Don Martín, el medico de la mina le dijo que tendría que hacerse pruebas , no le gustaba imagen que veía en la radiografía, el medico de la mina  nunca fue diplomático, directo como un derechazo en la mandíbula, fue el comienzo del calvario, de medico en medico, ahora un especialista, ahora un análisis,  una y otra prueba y  todo para confirmar lo que Luis presentía, la mina había dejado en su cuerpo  una bomba de relojería.

Pero ahora no importaba, ni Don Martín, ni Cristóbal, ni tan siquiera Martina, solo le importaba su nieta, la pequeña Sara, los ojos de la ilusión de una pequeña, unos ojos con avidez de futuro, unos ojos ávidos de fantasías y Luis por primera vez en su vida no necesitaba un interprete para oír a la niña, la entendía a la perfección. De pronto los ojos tristes del anciano recobraron un brillo especial, al final del camino junto a la reja de entrada del parque, en la lejanía  vislumbró a Sara de la mano de su madre, el corazón, notaba como el corazón se aceleraba por momentos, de pronto recordó que esa sensación fue la misma que tuvo el día que besó por primera vez a Rosaura, estaba nervioso y con su mano derecha apretaba la pequeña marioneta.

El tiempo parecía haberse detenido, unas pequeñas nubes oscuras cargadas de humedad hacían que el sol se filtrase entre sus claros y la imagen que los ojos de Luis percibían, era casi paradisíaca, un cielo luminoso y unos haces de luz atravesando limbos, hacían que las figuras de madre e hija resaltasen como claroscuros, una fotografía en lento y pausado movimiento.

Poco a poco madre e hija se acercaban al banco donde Luis, nervioso, aguardaba de pie la llegada de su más preciado tesoro, su nieta, su única nieta la que le daba la felicidad de una vejez cansada, solitaria asomando leves  lagrimas en unos  ojos rotos por la derrota del tiempo, por el  rocío de los recuerdos fundidos y  evaporados en soledades.

Algo no iba bien, la pequeña llevaba entre sus brazos una pequeña marioneta, Luis miró la que tenia en su mano era exactamente igual, el anciano no entendía nada, no entendía porque su nieta no corría a abrazarle como en otras ocasiones y su nuera, Martina estaba muy seria, intentaba sonreír y alegrar a la pequeña pero Sara apenas la escuchaba esta ensimismada con la marioneta, al llegar al banco ni saludaron al anciano.

-          ¿Es este banco, verdad mama?

-          Si cariño, este es el banco en el que el abuelo nos esperaba cada tarde, respondió Martina con voz algo entrecortada.


Sara, pausadamente sentó a  la pequeña marioneta en el frío hierro del banco y tomándola por la madera en cruz que sostenía las cuerdas, comenzó a manejar el juguete con una soltura impropia para la edad.

-          Mama ¿El  abuelo será feliz? Espetó Sara a su madre y sin dejar que respondiese continuó.
-          Tú crees que el cielo le gustará.

Martina miraba a Sara, le sorprendía la entereza con que Sara había asumido la muerte de su suegro.

- Dios Mio........


Luis de pronto entendió, la vida pasó en un segundo por su mente de pronto sintió helarse el alma, epilogo de camposantos de orgullo, donde moran ilusiones de dioses cercanos recuerdos  como  truenos lejanos.

- Ya   solo seré  recuerdo.......

Poderoso dueño fuiste, halcón entre bellos cisnes,  caminante de sendas que siempre  conducen  a la muerte, la muerte la cercana, la conocida la que nos  acompaña en el camino de vuelta,  hacia la eternidad.

El viento, pausado, rozaba las copas de los cipreses, Sara miró al cielo, al azul tímido de la tarde,  una lagrima humedeció su blanca faz.

1 comentario:

verdial dijo...

Me ha parecido muy buen relato. El leerlo ha sido para mí como contemplar un lienzo paisajista, y aunque con una diferencia de edad, me he sentido identificada con los pensamientos Luis.
El inesperado final me ha llegado hondo.

Un saludo

Conchi