lunes, 2 de enero de 2017

A orillas del Guadalquivir




El cerro contempla la mansedumbre
De aguas que reflejan inquietudes,
Aguas peregrinas que fueron lluvia, 
aguas que reflejan vuelos y cánticos,
Oh bellos abejarucos fulgurantes, 
elegantes cigüeñas que laboráis ,
Vencejos de ida y vuelta a empezar,
Miran como caminas entre barrancas
Cubiertas de tarajes, chopos , naranjos,
Amarillos trigos y verdes algodonales
Y en las laderas, encinas y acebuchales
Envidian tu majestuoso e infinito caminar.
El viejo eucalipto aromatiza la madrugada
Donando refugio a cuantos caminantes
Se acercan al vetusto embarcadero
Para deleitarse de tus mansas aguas,
siempre al cobijo y sombra del cerro. 
Hay en mis venas sangre de Guadalquivir,
De atardeceres mortecinos de luz del sur,
De Alma, tránsito y juventud casi olvidada,
En la orilla donde siempre canta el cuco
Y algunas veces resuena alegre el ruiseñor.
Si la historia es una efímera mirada
A la vida y a la muerte, tu eterno transitar
Es una hermosa prueba de que el tiempo
Pasa como pasa, en lento y eterno deambular.



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