sábado, 22 de agosto de 2015

Ángeles y Fuensanta


Ojos que sueñan, ojos que respiran instantes,
ojos que claman que caiga impasible la tarde.

La nave de las sombras atraca en claros puertos
besando piedras cansadas con la ternura del Sur,
sosegada ternura que horada fresca altas torres,
y es que la vida encierra las verdades del mundo,
 turbias aguas que  reflejan rayos de luna nueva.

Dos mundos, dos miradas, un río de soledades
separa horizontes entre recuerdos y pasiones
solo ese río, entre llanos, sospecha la verdad,
esa gran verdad que huele a lagrimas venideras,
esos ojos doloridos que clamarán entre sollozos.

Dicen que las cartas de amor, a veces duelen
separando ciudades y alimentando oscuridades,
y dicen que a veces, amansan densas tormentas
entristecidas de luz entre campos de verdades, 
entonces nos aferramos a los viejos recuerdos.

Queda un amor fraguado entre aromas de ribera
y queda una sepultura por desamores entreabierta,
ornada por encajes y sedas, entre lunas que pasan
 y muchas veces temblorosos y  enigmáticos ojos,
como carbón apagado entre lunas encendidas.

Ojos que sueñan, ojos que respiran instantes,
ojos que claman que caiga impasible la tarde.



Obra realizada en 1909. “Ángeles y Fuensanta” aparecen en escena sentadas junto al quicio de una ventana, por la que se divisa en la penumbra del atardecer la Ribera, el Campo de la Verdad y al fondo, las lomas de los Visos. 

Ángeles, figura de la izquierda, viste una blusa blanca de encaje, falda parda que se ciñe a sus piernas y mantón negro. Sus manos finas y alargadas sostienen un medallón con retrato en miniatura. Fuensanta, figura de la derecha, viste de negro, con encajes blancos en puños y cuellos. Sus manos sostienen una carta abierta, donde aparece la firma del pintor, y en las rodillas un mantón rojo. 
Esta obra responde a la época en que el pintor se inspira en una manera de expresión atrayente, algo enigmática, simbólica siempre. La incógnita de la composición está en la carta abierta y el medallón; el motivo, en el joven que pasea por la Ribera.
Escena de gran misticismo, en la que los personajes están dibujados con sobriedad y equilibrio. Magníficos retratos que nos anuncian lo que años más tarde sería la faceta más prolífica del pintor: el retrato. La individualidad de los personajes es una constante en la obra de Romero de Torres, y por ello, aunque formando parte de una composición, son elementos aislados sin relación entre sí. 
En “Ángeles y Fuensanta” se advierten esta individualidad e incomunicación, de tal modo que sí prescindiéramos de uno de ellos y construyéramos un nuevo lienzo la obra seguiría teniendo sentido, por tratarse de dos auténticos retratos aislados en un mismo lienzo.



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