martes, 23 de febrero de 2010

La encina




El tiempo es principio
Y el tiempo es el final,
Sombras heridas por la luz
Se imponen con silencio.
La tarde, luminosa muere,
Tus ramas viven las estrellas
Cuando los versos y poemas
Ensombrecen los caminos.
Esos gritos al viento
De armonía silenciosa,
De primavera indecisa,
De otoños melancólicos
Entre torrentes de savia.
El tiempo sopla la belleza
En la senda de tus sentidos,
Presos soñadores de utopías,
Y eres prisionera de tu locura.
En tus ojos crecen horizontes,
Sombras de luz desnudas,
Ego imposible, ego revuelto,
Pincel, mendigo de soledades.
Hojas esquivas, hojas atinadas
Hojas encontradas sin voz,
Entre pensamientos frondosos.
Los deseos salpican la noche
De oropeles desnudos al alba
Como pescadores de amaneceres
Que suspiran por lluvias de vida.
Eres esa alma milenaria,
Poema entre las amapolas,
Semilla de tus mayores
Aroma de las dehesas,
Y reposo de caminantes.
Si, encina mía, las musas,
Esas esquivas mariposas
Te lloran condenadas
Por morir sin ser amada.
Como te aman los puercos,
Vírgenes y salvajes labios
A los que prestas tu ser.
Hoy tus cabellos plateados
Por los reflejos del tiempo
Y tu corazón golpeado
Por vientos impostores,

Sobreviven a los tiempos.


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